Una profunda atención

Arthur Rubinstein provenía de una familia en la que ninguno de sus miembros, según él, “tenía el menor don musical”.  En Polonia, de niño, cuando apenas comenzaba a caminar, se concentraba en reconocer todo tipo de sonidos: la sirena de las fábricas, el canto de viejos mercachifles judíos, los relinchos de los caballos, los pregones de los vendedores de helados… Si bien se negaba a hablar, siempre estaba dispuesto a cantar, causando así sensación en su casa. De hecho, sus habilidades pronto se transformaron en un deporte, en el que todo el mundo trataba de comunicarse con él mediante cantos. Practicaron tanto este juego que con el tiempo, lograba reconocer a las personas por sus tonadas.
Entonces, cuando llegó a los 3 años de edad, sus padres compraron un piano para que los hijos mayores de la familia pudieran tomar lecciones en el instrumento. Aunque él no estudió el piano, Rubinstein informa:

Nota: El salón se volvió mi paraíso… En parte como diversión, y en parte en serio, aprendí a reconocer las teclas por sus nombres y vuelto de espaldas al piano decía qué notas formaban un acorde, incluso el más disonante. Desde entonces se volvió mero “juego de niños” dominar los enredos del teclado, y pronto pude tocar primero con una mano, y luego con las dos, cualquier tonada que yo escuchara… Desde luego, todo esto impresionó a mi familia –ninguno de cuyos miembros, debo reconocer ahora, incluyendo abuelos, tíos, tías, tenía el menor don musical… Cuando tenía yo tres años y medio, mi determinación era ya tan patente que mi familia decidió hacer algo acerca de este talento.

Ref.: «Estructuras de la mente » HOWARD GARDNER